martes, 31 de mayo de 2011

¿Porqué mataron a Sócrates?

Imaginemos que estamos a fines del siglo V antes de cristo y que caminamos por las calles de Atenas. De pronto, en una esquina, un pequeño grupo de hombres forma un semicírculo en torno a un personaje estrafalario. Va descalzo, tiene los pies sucios y la túnica en mal estado.
En una palabra, es todo lo contrario de esos griegos apolíneos que nos muestran las estatuas.

Sus interlocutores pasan de la risa a la confusión, del interés a la furia, pero en ningún momento dejan de escucharlo. La mayoría de ellos son jóvenes bien vestidos y de físicos cuidados. Cualquier ateniense los reconocería como hijos de ciudadanos ricos. Y cualquiera ateniense diría ante ese cuadro: “ahí está Sócrates insistiendo con sus molestas preguntas”.

Sócrates era uno de los personajes más populares de Atenas, la ciudad que lo vio nacer, en la que creció y enseñó, la que lo juzgó y terminó obligándolo a envenenarse. Hijo de Sofronisco, un tallador de piedra, y de una conocida partera llamada Fenaretes.
Ambos eran gente sencilla, trabajadora, sin grandes propiedades ni rentas.

Los varones de esa familia pertenecían a la minoría de ciudadanos con plenos derechos políticos. Sócrates se había casado con Jantipa, una mujer también ateniense que era famosa por su mal carácter. Familia de atenienses pobres.

Sócrates había nacido en esa ciudad y nunca se había alejado de ella. A él se le podía encontrar en la calle o en el mercado, conversando con lo políticos, con los comerciantes o con los artesanos. Su vida, había estado constantemente ligada a la historia del a ciudad. Había luchado como soldado de infantería para defender a Atenas de ataques exteriores, hombro a hombro en ese ejército formado por ciudadanos en armas.

Sócrates, no fue agitador ni subversivo. Jamás desafió a las autoridades legítimas, nunca participó en una campaña política, ni siquiera fue un orador que se destacara en la asamblea. Más bien, lo pintan como un hombre que hubiera merecido el elogio de sus conciudadanos.

“El gobierno había decidido detener a un opositor llamado León de Salamina y, como era habitual en aquel tiempo, se eligió por sorteo a un grupo de ciudadanos para que fuera a buscarlo. Sócrates quedó entre los cinco vecinos seleccionados por este procedimiento pero se negó a cumplir la orden y en lugar de eso volvió a su casa.”

Aquí aparece estar la clave del problema:
el trabajo de Sócrates no consistía tanto en afirmar como en poner en duda. Se había propuesto mostrar a los atenienses que sus opiniones y sus juicios estaban basados en la costumbre y no en la razón, de modo que eran incapaces de defender con argumentos lo que tenían por bueno, pero justo o por verdadero. Se trataba de una tarea capaz de exasperar a cualquiera y él la llevaba a cabo con verdadera impertinencia. Su método consistía en pedir la definición de un concepto. Pero luego volvía a hacerlo trizas y lo dejaba todavía más perplejo. Como si todo esto fuera poco, sus palabras estaban permanentemente adornadas con declaraciones de humildad “Sólo sé que no sé nada. Sólo repito el oficio de mi madre: con mis preguntas saco a la luz ideas que son de otros”.

Por lo que luego los juzgan bajo este cargo:

“Sócrates es culpable de no cree en los dioses en los que cree la ciudad y de introducir divinidades nuevas. También es culpable de corromper a los jóvenes. El castigo propuesto es la muerte”

Por más que tratan de dar explicaciones inválidas del accionar del jurado, no son lo suficientes convencibles y cerrando esto, Sócrates murió por un Ideal.

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